¿Usted qué quiere ser cuando viejo?
Por Alexander Velásquez / Especial para El Liberal
mayo 10, 2025
Yo sé lo que no quiero. No quiero vivir en la ciudad. Quiero que si me ceden la silla o el turno sea por respeto, no por pesar. La lástima es otra forma de humillación.
Quiero entregarme a la vida apacible del campo: criar gallinas, sembrar arándanos y recoger huevos, mientras escribo cuentos y novelas. Recibir la visita de mis nietos los fines de semana y conversar con mis hijos -y con mis libros- en un café de pueblo o en una hamaca, desde donde puede observar mi infancia con arrobo, la única edad donde todos fuimos casi felices. Hubiese querido nacer campesino.
Quiero seguir leyendo en la silla mecedora antes y después de la siesta. No quiero el ruido de los vendedores ambulantes, pero si el canto de los grillos y los pajaritos. Quiero el ruido de la lluvia sobre el tejado de una casa entre montañas. Como si meditara con los ojos, quiero contemplar el verdor del paisaje con café recién hecho en leña, en vez de observar que la frialdad de los edificios nos convirtió en criaturas inanimadas.
No quisiera leer las noticias para no tener rabias. Empecé a vivir desde que apagué la radio y la televisión.
Quiero vivir de una pensión, pero no quiero estar parado en una esquina viendo la vida correr sin mí, si es que antes la gentrificación no nos expulsa. No quiero ser como esas personas jubiladas que no saben nada distinto que trabajar y siguen trabajando, sin encontrar placer en la edad de retiro. ¿A qué hora nos dejamos arrebatar las pasiones? Es menester recuperar aquello que perdimos por la obligación de ir tras un sueldo.
Hay gente, sin embargo, que tendrá que trabajar toda su vida, llueva, truene o relampaguee, pues no gozarán de una pensión, lo que es cruel con nuestros ancianos; cada ser humano debería tener derecho a ese último descanso remunerado.
Quiero ser útil para mí: bucear en mis adentros y poder encontrar el alimento que nutra el espíritu. Porque la vida laboral nos hizo olvidar que teníamos alma, la descuidamos tanto y ahora necesitamos más de ella de lo que ella nos necesita a nosotros. Encontrar el alma es hallar la tranquilidad. El que halló la tranquilidad, encontró la felicidad. No hay que buscar más.
Preparémonos para, de viejos, gozar de las despreocupaciones. Cuide su salud hoy para que la factura le salga barata. Los hábitos saludables del presente pueden ser un seguro de vida mañana. No está de más recordar que el sedentarismo mata.
De viejo quiero explorar los verbos no explorados (ordeñar, cultivar, cocinar…) y ser todo lo que no fui de joven: jardinero o leñador, por ejemplo…. y los sábados ir a leer novelas y cuentos con presos y prisioneras.
Si debo trabajar más por alguna razón, quiero ser librero para seguir leyendo en los ratos libres, y recuperar el arte de la charla. Es un placer conversar con gente como uno que ame leer literatura.
Quiero caminar y que el olor de la ruralidad impregne cada célula. Abrazar árboles, porque al final del día un escritor lo mismo que un lector le debe tanta dicha a los árboles que pueblan el planeta. Huir de la ciudad, antes de que nos mate el smog, para vivir en un lugar con noches estrelladas para no tener que contarlas, mientras nos reímos de lo tontos que fuimos derramando llantos inútiles. ¿O no recuerdan lo ridículos que fuimos ante ciertas decepciones amorosas?
Yo intuyo que en el campo todo es posible, porque en el campo el tiempo no existe, allá el tiempo se detiene. Y si el tiempo no existe, entonces ya no toca matarlo. Eso es lo que yo quiero ser de viejo: un viejo que ya no pelea con el reloj para que no marque las horas, porque a quien no tiene prisas hasta los recuerdos le alimentan.
Veremos en un par de años si las palabras tuvieron poder.
Nota: Este autor no utiliza inteligencia artificial (IA) Modestamente, quiero decir que con la mía me basta. Todavía me considero un humano que escribe para humanos. Ejerzo mi derecho a pensar y por lo tanto me niego a dejar que mi cerebro sea remplazado por una máquina.
