Ya estoy avanzado en años y enfrento, como muchas de las personas mayores, un caso clásico de «hubiera, podría, debería».
Hubiera ahorrado y administrado mejor mi dinero para no tener que pasar por el estrés de no tener suficiente; podría haber hecho algo para cuidar el sobrepeso que gané a través de los años; debería haber hecho más ejercicio y me hubiera mantenido activo; hubiera comido mejor, debería no haber fumado… Ojalá hubiera sabido entonces lo que ahora sé.
Para nuestra sociedad actual, tener un aspecto juvenil se asocia más con el éxito y el estatus que con el simple hecho de parecer más sabio.
Si te sientes afortunado con respecto a tu apariencia física, naturalmente querrás conservar cualquier ventaja física que la buena suerte te haya otorgado.
No puedes evitar sentirte orgulloso de que la naturaleza haya funcionado tan amablemente a tu favor. Claro, has tenido cuidado de no poner a prueba la fragilidad que podría albergar tu apariencia casi ideal. Pero envejecer físicamente, no es algo que puedas esperar con ilusión.
No hay duda de que el envejecer o al menos, el hacerse mayor, sugiere tener una mayor sabiduría y sofisticación, sin embargo, las desventajas físicas que vienen con la vejez son innegables.
Por supuesto, se puede intentar desafiar el envejecimiento, tal vez mediante la cirugía plástica o el uso de maquillaje que borra las arrugas. Y, quién sabe, tal vez eso sea suficiente para engañar a los demás sobre tu verdadera edad. Pero es mucho más difícil engañarse a uno mismo.
Por lo tanto, la mejor solución es aceptar con elegancia la única dirección en la que avanza el envejecimiento y “todo tiende al sur”.
Y nos preguntamos, ¿Hay alguna forma de prepararse para la vejez?
Créeme que, los buenos genes solo representan alrededor del 20 % de tu longevidad, el otro 80 % depende únicamente de ti.
Pero si hay algo que no queremos es llegar a viejos convertidos en carga para los demás. Quienes tienen los medios, solucionan esta situación con cuidadores 24/7 o con la reclusión obligatoria en geriátricos de paga y casas de asistencia. Pero hay quienes no tienen la capacidad de poder hacerlo y deciden apoyarse en familiares que, a su vez, dedican muchos años de su vida “envejeciendo” al lado de sus viejos, haciendo a un lado sus propias historias.
En mi caso particular no quiero eso para mí, ni lo deseo para los míos el que tengan que llevar esa carga, por eso tendré que hacer todo lo que esté a mi alcance para encarar, de la mejor forma posible, lo inevitable.
Porque de repente te das cuenta de que las personas que pensabas que siempre estarían ahí para ti podrían no estar. Me refiero a ese momento en el que comprendes que la familia no siempre significa apoyo y que la sangre no garantiza la lealtad. Sin embargo, no se trata de amargarse o de renunciar a nadie.
La clave para la independencia en la vejez (y no es una garantía) es una serie de buenas decisiones que se toman desde la edad adulta temprana.
Si se espera llegar hasta los 50 años o más para empezar a planear lo que se desea para lo le reste a uno de vida, resultará mucho más difícil ser independiente a medida que se envejece.
Tienes que empezar en los 20s. Sí, a los 20 años. Quizás no puedas hacerlo todo, pero puedes hacer algo, por ejemplo, tus ingresos puede que no te permitan ahorrar mucho para el futuro, pero debes considerar que todo lo que inviertas ahora para tu vejez, te reportará beneficios más adelante.
Se trata de prepararse, de volverse inquebrantable, de construir una vida para los próximos 20, 30, 40, 50, 60 años o más, en la que puedas sentirte fuerte, con los pies en la tierra y seguro de ti mismo, independientemente de quién se quede o se vaya. Porque la verdad es que el apoyo real, el que nunca te falla, no proviene de las personas que crees, proviene, en gran medida, de ti mismo.
Trabajar para consolidarse como una persona íntegra y de naturaleza firme, valiente, fuerte, implacable, independiente y sensible; aquella que, para cuando llegue el momento, sepa mantenerse a la altura de las circunstancias y exigencias del momento, que guste de la acción; que asuma una vida saludable, activa, dinámica y animosa, impulsado por motivos que le den sentido a su existencia; que realice actividades interesantes y atractivas, que mantenga un nivel de participación social entusiasta, que cuide de su estado físico y mental, que sea financieramente responsable y personalmente organizada, que defienda su autonomía, que se respete a sí mismo, que se quiera y se acepte.
